Cepillarse los dientes parece una de esas cosas que aprendemos de niños y nunca volvemos a cuestionar. Sin embargo, la mayoría de las personas no lo hacen correctamente,
ya sea por usar demasiada fuerza, no dedicarle el tiempo suficiente,
o simplemente seguir movimientos aleatorios que dejan zonas sin limpiar. Un buen cepillado no solo mantiene tu
aliento fresco: es tu primera línea de defensa contra las caries, la gingivitis y el deterioro del esmalte.
Comienza eligiendo un cepillo de cerdas suaves. Las cerdas duras pueden parecer más efectivas, pero en realidad dañan las encías y desgastan el esmalte con el tiempo.
Aplica una cantidad de pasta de dientes del tamaño de un guisante, no de una nuez como muestran los comerciales.
Coloca el cepillo formando un ángulo de 45 grados contra la línea de las encías.
Este ángulo permite que las cerdas penetren ligeramente debajo del borde gingival, donde se acumula gran parte de la placa bacteriana.
El movimiento correcto no es el tradicional de ida y vuelta horizontal, sino pequeños círculos suaves. Imagina que estás masajeando tus dientes,
no fregando una olla quemada. Dedica al menos 30 segundos a cada cuadrante de tu boca: superior derecho, superior izquierdo, inferior derecho e inferior izquierdo.
No olvides las superficies internas de los dientes, que muchas personas ignoran por completo. Y aquí viene una parte que sorprende a muchos: cepilla también tu lengua.
Es un terreno fértil para bacterias que causan mal aliento.
El tiempo ideal son dos minutos completos, dos veces al día. Si te cuesta medir el tiempo, busca canciones de dos minutos o usa un temporizador.
Finalmente, cambia tu cepillo cada tres meses, o antes si las cerdas se desgastan o abren. Un cepillo viejo no limpia: solo pasa las bacterias de un lado a otro.